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Surcando el Danubio, Congreso Internacional de ACPETUR 2013

Por Susana Ávila

 
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Azul, lo que se dice azul, no es. Pero incuestionablemente el Danubio es el río más romántico de Europa, desde que nace en la Selva Negra alemana hasta su desembocadura en el Mar Negro, 2.888 kilómetros más al sudeste.

Elegido este año como sede del congreso de ACPETUR (Asociación Catalana de Periodistas y Escritores de Economía y Turismo) nos llevó aguas arriba desde Budapest hasta la ciudad austriaca de Linz, en el barco Swiss Diamond de la flota que tiene asignada Politours para estos cruceros fluviales.

El río viene cargado de historia. Ya en la antigüedad constituía una de las fronteras naturales que formaban el límite del imperio romano junto con otras cuencas europeas como el Rhin. Oleadas de pueblos se establecieron en sus orillas que fueron testigos y partícipes de invasiones, guerras y batallas; del nacimiento de grandes y pequeños países; la formación de imperios por integración de varios estados distintos y la desmembración posterior de los mismos.

De los países actuales que surca el Danubio: Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumania, Bulgaria. Moldavia y Ucrania, recorreremos Hungría, Eslovaquia y Austria.

Comenzamos nuestro recorrido en Budapest, las dos ciudades, Buda y Pest, tan integradas y tan distintas, separadas durante siglos hasta que el Puente de las Cadenas las conectó el 20 de noviembre de 1849. Hasta entonces Hungría permanecía separada en dos y los viajeros que querían pasar de una a otra debían hacerlo en un trasbordador o esperar a que el hielo invernal lo convirtiera en una pista que se pudiera atravesar con patines, pero el deshielo lo convertía en un peligroso lugar. Se cuenta que en 1820 el conde Esteban Széchenyi tuvo que esperar una semana entera hasta que encontró a alguien tan osado como para trasladarle de Pest a Buda entre las flotantes placas de hielo. Fue entonces cuando ofreció sus rentas de un año entero para construir un puente permanente sobre el río.

Pero la imagen e Budapest no es solo el Puente de las Cadenas, también llamado de Széchenyi, por razones obvias. En Buda, encrespada y frondosa, encontramos la colina Gellért que eleva la Szabadság Szobor o Estatua de la Libertad, erigida en 1947 en memoria de la conquista soviética de Hungría durante la II Guerra Mundial.

Buda también alberga el Palacio Real, en el que Sissi se sentía más feliz que en el de Viena; el Bastión de los Pescadores, una terraza que recibe el nombre del grupo de pescadores responsables de defender este enclave en la Edad Media; y la Iglesia de Matías, que no de san Matías. En realidad esta iglesia está consagrada a la Virgen María, patrona de Hungría, y su construcción se remonta hacia el año 1000, pero a partir de que el rey húngaro Matías Corvino restauró y reformó la iglesia en 1470 pasó a conocerse como iglesia de Matías y en ella se han celebrado algunas de las coronaciones de los posteriores monarcas.

Pest es llana y da la sensación de amplitud y modernidad. Numerosos son los edificios emblemáticos de esta zona de la ciudad, como el Parlamento, que con sus casi setecientas dependencias es el edificio más grande del país; la catedral de San Esteban, a la que el Papa Pío XI otorgó en 1931 el título de "basílica menor", la ópera que rivalizó con la de Viena y que si es algo menor se debe a que la megalomanía del emperador Francisco José no podía consentir que superase a la de su capital; incluso la estación de ferrocarril lleva la firma del arquitecto Eiffel. Pero junto a estas edificaciones singulares, los edificios comunes tienen un estilo ecléctico, del siglo XIX, pues las vicisitudes de su historia le han llevado a destruirse y levantarse en numerosas ocasiones y pocas construcciones anteriores quedan.

Grandes avenidas cruzan la ciudad como la de Andrássy, flanqueada por casas y palacios neorrenacentistas que presentan bellas fachadas y escaleras interiores siendo reconocida como Patrimonio de la Humanidad en 2002 y que desemboca en la Plaza de los Héroes. Dos importantes edificios se enfrentan en esta plaza, a la izquierda el Museo de Bellas Artes y a la derecha el Palacio del Arte o Museo de exposiciones artísticas. En el frente dos hileras de columnas con las estatuas de los principales reyes de Hungría. En el centro de la plaza se erige la Columna del Milenio coronada por una imagen del Arcángel Gabriel, mientras que alrededor del pilar de agrupan los siete líderes tribales húngaros: Árpad, Elöd, Tas, Huba, Töhötöm, Kond y Ond.

El número 96 es muy significativo en la ciudad de Budapest, 96 son los metros que tiene la cúpula del Parlamento y 96 son los metros que tiene la de la Catedral de san Esteban, los dos edificios más elevados de la capital, y es que fue en el año 896 cuando las distintas tribus que se habían establecido en su territorio constituyeron el país. Muchos de los edificios de la ciudad se estaban construyendo en 1896, con motivo del milenio y homenajean esta cifra de distintas maneras.
La ciudad de Buda y también la de Pest atrapan por su encanto, pero había que continuar camino. Y lo hicimos no en el barco, como cabría esperar sino en autobús, pues el siguiente punto de interés es un recodo que hace el Danubio antes de llegar a la ciudad y la forma de verlo es hacerlo con perspectiva desde un lugar elevado que muestre el paisaje. Así que pasamos por la pequeña localidad de Szentendre, San Andrés, una especie de Montmatre húngaro donde artistas y artesanos de diferentes disciplinas se han concentrado, para llegar a la fortaleza medieval de Visegrád, situada en lo alto de la montaña –ya la palabra eslava Vyšehrad quiere decir "ciudad o castillo alto"–. La vista que se ofrece desde las ruinas del viejo castillo es espléndida. La historia dice que la fortificación fue mandada construir por el rey Bela IV agrupándola con la Torre de Salomón y la torre de Agua para dar un carácter defensivo al enclave, pero pasada la Edad Media la fortificación fue abandonada y con el tiempo quedó cubierta por tierra y piedras. Con todo, su interés no es histórico sino paisajístico.

Bajando la montaña para poder embarcar llegamos a la ciudad de Esztergom, que fue cuna del rey san Esteban I y capital del país entre lo siglos X y XIII. Un puente separa Esztergom en Hungría de Eslovaquia, donde nos estaba esperando el barco.

Llegamos a Bratislava
Tras una noche de travesía se llega a la capital, Bratislava, una ciudad ya importante en el siglo XII, que alcanzó su mayor esplendor en  el siglo XVIII en el reinado de María Teresa de Austria, convirtiéndose en la mayor y más importante ciudad del territorio de las actuales Eslovaquia y Hungría.

Durante mucho tiempo vivió a la sombra de Praga, la capital de Checoslovaquia y ahora está en proceso de transformación, tanto a nivel de recuperación de edificios emblemáticos, como en la mejora de las deterioradas infraestructuras heredadas del antiguo régimen comunista.

Recorrimos la ciudad vieja, otrora amurallada, pero de cuyos bastiones solo queda una puerta, presidida por su castillo, bastante feo, pero situado en lo alto de una colina rocosa que permite divisar simultáneamente tierras eslovacas, austriacas y húngaras.

Llama la atención un moderno puente sobre el Danubio, el Nový Most, en uno de cuyos pilares se eleva una atalaya que asemeja a un platillo volante y alberga un restaurante, posiblemente el más caro de la ciudad, pero no hay que olvidar que junto con la comida van incluidas las prodigiosas vistas que se alcanzan. Otro destalle curioso es la estatua de Cumil (la palabra cumil quiere decir “cotilla” en eslovaco) y ahí está, saliendo de al alcantarilla, convertido en una de las atracciones de la ciudad y dificilmente visible si no se está advertido de su presencia, o por el contrario uno puede tropezarse con él si no va atento, lo que ha llevado a tenerse que señalizar con una señal de “hombres trabajando” que también aporta su ironía al asunto.

La incomparable Viena
Continuando viaje alcanzamos el corazón del recorrido, la incomparable Viena, que no es desde luego para una visita rápida y merecería dedicarle un viaje a ella sola. Desde la época de los Habsburgo, Viena siempre ha sido el centro político y burocrático, pero también de la exhibición, el boato y la cultura. Un riquísimo patrimonio cultural de impresionantes edificios que parecen irreales en el siglo XXI y retrotraen la imaginación a un pasado romántico. La ciudad avanza por un lado para sacar partido a la ampliación oriental de la Unión Europea tras la caída del Muro de Berlín y por otro promociona las remembranzas históricas de sus dos reinas más mediáticas, María Teresa y un siglo después Sissi.

Pasamos –más a ritmo de polca que de vals, por su velocidad– por la Ringstrasse, la gran avenida que sustituye las antiguas murallas, mandadas demoler por el emperador Francisco José para dar amplitud a la ciudad y nos sumergimos en el casco antiguo para llegar a la catedral de san Esteban que ha centrado la actividad del pueblo vienés desde la Edad Media. Había estado precedida de tres iglesias románicas de las que solo queda la puerta principal y las torres paganas, luego su tejado pintado de amarillo, verde y negro proclaman los colores de los Habsburgo y finalmente se consideró como símbolo de la resistencia.
El palacio de Hofburg, la antigua residencia imperial de los Habsburgo construida sobre una fortaleza del siglo XIII, en una de cuyas dependencias, el Stallburgo, se alberga la famosa escuela española de equitación, llamada así porque los caballos originariamente venían de España y las caballerizas, establecidas en 1580, de Lipica, Eslovenia, dieron su nombre a los caballos lipizanos.

La iglesia barroca de san Carlos Borromeo, construida tras una plaga que asoló la ciudad y que se dedicó al santo que dos siglos antes había sido el héroe de una desgracia similar ocurrida en Milán. Hoy sorprende el montaje de un ascensor en el interior de la nave que permite subir a un andamio para contemplar los frescos de la bóveda de tú a tú, proporcionando una experiencia no habitual. Cerca de allí está el Palacio Belvedere, quizá uno de los monumentos más emblemáticos de Viena, construido por Eugenio de Saboya fue convertido en museo para albergar la galería de pintura imperial. Allí vivió el heredero al trono Francisco Fernando desde 1894 hasta su asesinato en 1914 en Sarajevo, y también sus muros fueron testigos de la firma del Tratado de Estado que puso fin a la ocupación aliada en 1955.

El Palacio de Schonbrunn
Del Palacio de Schonbrunn se ha dicho que es una mole fría pero imponente, construida para demostrar cuántas habitaciones podía permitirse levantar un gran monarca bajo un solo techo. Si este lugar fue para María Teresa un hogar en el que criar a su numerosa prole, para Sissí, incapaz de adaptarse a la estricta etiqueta que se practicaba en la corte imperial de Viena, fue un corsé que limitaba su personalidad rebelde, culta y demasiado avanzada para su tiempo.

En nuestra carrera vienesa pasamos desde uno de los lugares más antiguos, la Ruprechtskirche, iglesia románica del siglo XI que estuvo patrocinada por mercaderes de la sal que desembarcaban sus mercancía sobre la orilla del Danubio, al pie de la iglesia, a otro en el que se concentra la juventud vienesa: terrazas y chiringuitos con fondo musical gracias a proyecciones sobre una pantalla gigantesca, frente al Ayuntamiento nuevo de estilo neogótico que sustituyó a aquel viejo ayuntamiento asentado en la casa privada de Otto Haymo, líder revolucionario, confiscada por las autoridades en tiempo de Federico el Hermoso tras un intento fallido de levantamiento contra los Habsburgo.

No se puede salir de Viena sin hacer una mención a la noria del Prater, la más antigua de Europa, y que siempre estará vinculada a la cinematográfica imagen de El Tercer Hombre con la música de Anton Karas que se permite así codearse con Strauss, Mozart, Beethoven… los más insignes vecinos de la ciudad. Cada paso es historia.

De nuevo en el barco dimos paso al tramo más tranquilo de la navegación entre los viñedos del Wachau austriaco, localidades pequeñas y acogedoras, como Dürnstein, centro de la producción de vino de la región. Allí se encuentran las ruinas de un castillo del siglo XII en el que estuvo prisionero el rey Ricardo Corazón de León, mientras su hermano, Juan Sin Tierra, veía la oportunidad, con esta coyuntura, de tener una tierra.
Melk con su abadía impresionante en su tamaño, riquísima en su barroco, decepcionante cuanto que es un nombre que retrotrae a una época medieval, sórdida, oscura, peligrosa…  tras la lectura de El nombre de la rosa de Umberto Eco.

Y finalmente Linz, punto final de nuestro recorrido danubiano, capital de la Alta Austria, lugar histórico desde que, en el balcón de su ayuntamiento, Hitler proclamó el Anschluss, la anexión de Austria a Alemania.

Linz tiene sus cosas, una catedral neogótica, varias iglesias interesantes, la casa en la que residió Mozart que no perdió la ocasión de dedicar una sinfonía a la localidad, allí también vivieron allí Johannes Kepler y Anton Brückner, pero un día entero dan para algo más y la opción era ir a Salzburgo para completar el periplo.
Llegar a la ciudad ya tiene un aliciente y es el paisaje prealpino, de lagos y bosques.

Salzburgo y su fortaleza, Hohensalzburg
El origen de la ciudad de Salzburgo es muy antiguo. En su emplazamiento se han encontrado restos del Neolítico, pero su importancia y su nombre se debe a las barcas que transportaban sal en el siglo VIII y que debían pagar un impuesto, uso muy común en muchos ríos de Europa. Hasta el siglo XIX fue gobernada por un Príncipe Arzobispo que la engrandeció, elaborando un entono monumental que encontró un embajador de lujo para darle renombre universal y es que en Salzburgo vio la luz Wolfgang Amadeus Mozart. La visita a su casa en la Getreidegasse (calle del Grano), la Catedral, el palacio-residencia del Arzobispo, la abadía y el cementerio de San Pedro y el espectacular enclave de la Fortaleza de Hohensalzburg a la que se asciende por un funicular, echaron el telón a este recorrido por las aguas verdes –porque son verdes y no azules, a riesgo de llamar mentiroso, o por lo menos daltónico, a Strauss–, aguas del Danubio.


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