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EL XX CONGRESO DE ACPETUR VISITA SRI LANKA, Por Mario Hernández Bueno


En el XX Congreso de ACPETUR se visitó la milenaria isla de Sri Lanka...

Texto: Mario Hernández Bueno

 
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Entre sus atractivos está la arqueología o cruzar junglas con las mayores concentraciones de elefantes y leopardos salvajes del mundo... Un país que, tras treinta años de guerra civil, ya pacificado aspira a sumarse al turismo del Sureste asiático, y cada año comprueba el interés internacional

El XX Congreso de ACPETUR, los socios y amigos de la Associació Catalana de Periodistes i escriptors d'Economia i Turisme visitaron uno de los países del sureste asiático menos visitado por los turistas, la isla de Ceylán, de 65.610 km2 y 20 millones de habitates de diversas razas y religiones.

La primera experiencia fue embarcar con Emirates en el “titanic del aire”: el A-380; aeronave de dos plantas que podría albergar unos ochocientos pasajeros.
Sin entrar en la capital, Colombo, fundada por los portugueses a principios del XVI, comenzamos un itinerario marcado por la arqueología, uno de sus mayores tesoros. Teníamos como guía a un ingeniero agrónomo con perfecto español que nos revelaría la atribulada y fascinante historia, que data de hace 26 siglos, y detalles ocultos que guardan las incontables ruinas de ciudades y palacios abandonados hace cientos, miles de años.

Sin embargo, el escaso turismo tiene una explicación: Sri Lanka sufrió hasta 2009 una guerra civil que duró treinta años; aunque se habla de terrorismo tamil –una de las etnias, cuya primera riada llegó desde India hace más de 2.000 años– fue una desgarradora contienda que acabó con la vida de unas 65.000 personas y llegó a perderse casi la mitad del territorio.

Un buen amigo que la visitó en 2006 regresó con estupor: en estratégicos lugares de Colombo vio sacos de arena y soldados pertrechados con ametralladoras. Los guerrilleros habían adquirido armas en Bélgica con el producto del narcotráfico –se dice– y hasta dispusieron de una flotilla de barcos y un par de avionetas, que artillaron, con las que bombardeaban.

En 2009, el general Fonseca (de antiguo origen portugués), un genio de la táctica bélica, los fue arrinconando hacia la península de Jaffna, situada en el norte, y otra más pequeña –por donde los cabecillas pretendían huir cruzando el estrecho de Palk para alcanzar India– que los portugueses bautizaron Punta de Pedro, y no dejó un tamil vivo. Fonseca, como Churchill, no conseguiría la presidencia del país, dominado por una casta de políticos blindada por un rancio nepotismo. Aun hoy, con paz total y la seguridad que impera, en el aeropuerto se impone tres controles policiales.

La población, a pesar de haber sufrido tan larga confrontación, es confiada, amable y honesta; detalles que se advierten también en los comercios; en especial de piedras preciosas, de las que es una potencia: zafiros, rubíes, esmeraldas…. que pueden adquirirse a precios convenientes regateando; si bien el país se hizo famoso, tristemente, por el té, para cuyas labores los británicos se trajeron a la fuerza, en el s. XVIII, un indeterminado número de tamiles que raptó indiscriminadamente por las calles de Madrás. Pero este colectivo no se sumó a la insurgencia de sus paisanos, que reivindicaban un trozo del territorio por haber vivido allí durante milenios.

Nos alojamos en el Cinnamon Lodge, situado en la pequeña localidad de Habarana, un hotel de bungalows de lujo con excelente cocina. Una noche, precisamente cenando, irrumpió un pelotón de jóvenes monjes chinos que había llegado a la isla para participar en los festejos anuales en honor a Buda; fue entonces cuando supimos por el guía del inmenso fervor religiosos o la importancia social que goza el monje. Y encontramos la primera controversia: aquellos religiosos, cuya más notoria cualidad es el voto de pobreza, se alojaban en un lujoso hotel y participaban de un opíparo bufé.

La primera de las excursiones sería a Sigiriya y su Montaña del León: una roca de 185 metros de altura en donde el príncipe Kassapa, tras asesinar a su padre, se hizo construir en el año 495 una fortaleza a fin de repeler las iras de su hermanastro. Aun se conservan muestras de las arquitecturas civil (espléndidas piscinas y jardines…) y militar, unos frescos preciosistas y un mirador de vigilancia a los que se puede acceder por una escalera infinita. Y permanecen casi intactas en su meseta una enorme alberca que surtía a unos cultivos y otras construcciones. Aunque parezca increíble, el monolito y todo el complejo palaciego y militar estuvieron ocultos por la jungla hasta que, en 1810, un cazador que perseguía a un leopardo se los topó.

Tras el almuerzo de cocina autóctona: de notoria influencia india: los curris, y toques tailandeses: la cañalimón, en un enorme restaurante de carretera propiedad de la hija del señor Sirigena, ministro de Sanidad, alcanzamos una de las antiguas capitales: Polonnaruwa, que acogió al gobierno durante los siglos XI, XII y XIII. La dinastía Sinshala, luego de constantes invasiones por parte de hordas tamiles, se obligó a trasladarla a Cambadeniya. Con un poco de imaginación, el viajero percibirá la grandeza de las arquitecturas civil y religiosa: diversos palacios, un inmenso bajorrelieve del rey Parakramabahu I labrado en una sola piedra, el templo Gal Vihara dedicado a Buda…

La siguiente jornada se dedicaría a visitar las ruinas de la que fuera primera capital de la Isla: Anuradhapura, cuya magnificencia se entiende en tanto que coincidió con la época dorada; espectacular es el templo Isurumuniya, del siglo III AC, escavado en una roca, y no menos lo son el monasterio Mahauihara y diversos monumentos religiosos como la inmensa estatua de Buda.

Otros de los lugares interesantes son el monasterio de Mahauihara y el mayor de los templos budistas: Ruwanweliseya, con una gigantesca cúpula de blanco radiante pintada gracias a las aportaciones de acaudalados ceilaneses residentes en Londres. Allí se encuentra, además, el Árbol Sagrado (Ficus religiosa), que fue plantado en el s. III a. de C. de una rama del que a su sombra Buda recibió en su Nepal la iluminación divina que le inspiraría su filosofía, luego convertida en religión.

Impresiona contemplar el fervor de los romeros, flores en mano, venidos –como a la Meca– de todos los rincones de la isla; casualmente, estábamos allí los días 14 y 15 de mayo, los más importantes del budismo pero que han de coincidir con luna llena. Los festejos duran una semana y solo los comercios gestionados por musulmanes permanecen abiertos; la tolerancia religiosa es todo un ejemplo. Y nos sobrecogió saber in situ que en 1984 un comando de 7 tamiles ametralló indiscriminadamente a todos los romeros que tuvo a su alcance; unos 200, la mayoría mujeres y niños, fueron abatidos.

En cualquier caso, que alguno de los dioses le frene al viajero la necesidad de un excusado fuera del hotel; como todos los públicos son la más elocuente expresión del Tercer Mundo, las más denostable higiene: en cuclillas, sobre un agujero, sin papel higiénico y en lúgubre habitáculos, algunos sin puertas.
Otra de las maravillas que sorprenden al paso son los extensos lagos, varios de ellos navegables; en realidad son pantanos construidos por previsores monarcas antes de la Era Cristiana para irrigar los terrenos que se dedicarían al arroz, que junto al coco constituyen alimentos básicos. Gran parte de la isla es pura jungla, que a veces deja paso a extensos cultivos de cocoteros, que, ensimismo, constituyen otro bosque, otro paisaje, otra plástica.

Al tercer día dejamos el hotel Cinnamon (canela en inglés de la que es la gran productora) y partimos hacia la segunda ciudad del Estado: Kandy, voz de origen local deformada por los británicos. Estábamos ansiosos por visitar al paso Dambulla, considerada la quizás más notable referencia de un pasado tan glorioso como singular. Durante centurias, los alrededores de esta ciudad sagrada: un área de más de 20.000 m2, estuvo ocupada exclusivamente por monjes meditadores sin contacto alguno con el resto de la población. Fue, efectivamente, para todos nosotros la muestra más excepcional del riquísimo patrimonio monumental que veríamos.

Sin embargo, junto a una tradicional construcción religiosa se erige un nuevo edificio horroroso; se trata de una emisora de radio y de televisión propiedad del monje prior. Este personaje –y aquí va la segunda controversia de un degenerante budismo– ha rechazado las ayudas de UNESCO para la conservación patrimonial, y, no obstante, puede atender tanto ese dispendio como construirse el espurio edificio, único en el ámbito budista, al cobrar, según su criterio, buenas sumas a la entrada del templo, al que hay que acceder por una interminable escalinata bajo un calor de alucinar. Pero la contemplación de todo el complejo religioso es absolutamente imprescindible para constatar la titánica labor constructiva de los siete templos escavados en la roca y las inmensas estatuas que albergan. Allí, el monje jefe vive en la opulencia y, sorprendentemente, el fervor popular no decae.

Por algunas de las zonas por las que pasábamos se encuentra gran parte de los más de 4.000 elefantes y un indeterminado número de leopardos salvajes; ello ayuda a comprender lo poco trillado que aun está el país por el turismo masivo. El elefante es el animal totémico y emblema del país: es de gran ayuda en las tareas agrícolas y lo fue en las numerosas guerras que se libraron tanto por las invasiones como por las rencillas tribales; no obstante, es más pequeño y de menor valor que el africano pues solo un diez por ciento desarrolla el marfil.

Kandy, la segunda urbe del país, no ofrece muchas muestras de patrimonio monumental histórico, mas tiene otros atractivos: el espléndido palacio real, con un amplio y bien cuidado jardín como antesala; el fabuloso jardín botánico Paradeniya, el segundo mayor del mundo, con un fabuloso invernadero de orquídeas; el antiguo o sórdido penal o la modélica universidad, con un extenso campus pleno de jardines y árboles centenarios, en donde se tiene a orgullo haber acogido como estudiante al mítico Patricio Lumumba. Mucho más modesto, aunque con ciertos tintes románticos, es el Queen’s hotel, de pura concepción hotelera británica de finales del XIX; está algo ajado, aunque conserva el sabor de la colonial vida social británica que tan bien reflejó Somerset Maugan en alguna de sus novelas. Un par de bulliciosas calles comerciales adyacentes al Queen’s, y poco más.

Uno de los frutos, entre tantos tropicales que degustábamos cada mañana en el desayuno, es el ananá, que fue traído de la América tropical; de él obtienen varios productos, entre otros, dada su concentración de fructosa, un aromático licor. Durante la II Guerra Mundial fueron confinados en la Isla prisioneros italianos; algunos de ellos eran expertos licoreros y enseñaron a los nativos a destilar “grappa”; lo mismo con esa fruta que con otras dulces. También los ingleses destinaron a don Juan de Borbón, abuelo de Felipe VI, que pasó algún tiempo en una base de la Royal Navy, y a un soldado llamado Idi Amín, que ejerció como cocinero. Un riesgo añadido al terror que infligían los inmisericordes japoneses pues sabemos que a aquel jocundo e implacable ugandés gustaba de zamparse a algún paisano de vez en cuando.

Aparte de las especias, el té es otra de las riquezas. Hace algunos años el gobierno expropió a los británicos las tierras y secaderos acabando con un régimen feudal. Y también introdujeron el demandadísimo caucho –igual que en el sur de India y Birmania– cuyas semillas sacaron de Brasil escondidas en los calzoncillos.
En un legendario tren a fueloil viajamos hasta las montañas de Nanu Oya para contemplar las inmensas plantaciones y secaderos de té. Nos interesaba el blanco, que se cotiza a unos 1.000 dólares USA el kilo y recuerda a la cosecha del azafrán, pues el llamado “hilo de plata” hay que manipularlo con sumo cuidado, uno a uno; tres kilos de “hilo” se convierten en un kilo de ese té, que tiene propiedades medicinales y es adquirido por los británicos más "snobs".

Desde que el 15 de septiembre de 1505 arribaron los intrépidos portugueses, después la voraz primera multinacional de la Historia, La Compañía Holandesa de Indias, y finalmente los recalcitrantes británicos, la isla fue sometida y esquilmada hasta que en 1948 fue descolonizada políticamente, pero no comercialmente. Por ello –y por la depauperante guerra civil– algunos de los pequeños pueblos aun ofrecen aspectos de pobreza y destartalo lamentables. Sin embargo, en la actualidad, los nativos pueden hacerse con parcelas de tierras selváticas; el Gobierno concede 10 hectáreas por familia y con la venta de sus viejísimos árboles: caobo, ébano y teka, consiguen la primera financiación para la roturación y el inicio de los cultivos. Ello supone, por otra parte, la dramática pérdida de bosques centenarios que también viene sufriendo Asia. No obstante, existe un plan de reforestación que, felizmente, comprobamos; mas para alcanzar la madurez del caobo y el ébano hay que esperar unos 200 años y 60 para el teka, cuya madera es la mejor del mundo a decir de los entendidos.

Tras la excursión por las plantaciones de té y degustar un servicio del mismo con su pastelería y sándwiches al más puro estilo británico en el que fuera ostentosa residencia del gobernador británico, hoy el relajante Grand Hotel, de sobria arquitectura victoriana, y luego pasar por donde se rodó Indiana Jones y el templo maldito, a las afueras de Kandy (de donde Spilberg se llevó a Hollywood unos 20 técnicos nativos, pues tienen un especial talento para el Séptimo Arte), nos llegamos hasta Nuwara Eliya, conocida como la pequeña Inglaterra; La Casa de la Reina y la Oficina de Correos son estampas genuinamente británicas que surgen de un paisaje cuasi tropical.

Y tras abandonar nuestro hotel en Kandy, el elegante Mahaweli Reach, situado en una zona residencial junto al río Mahaweli (de acolmillados mosquitos), partimos hacia Pinnawela: uno de los puntos de mayor atractivo para el turista común ya que posee el único orfanato de elefantes del mundo. Todo un espectáculo y toda una novedad puesto que a las enormes crías se las alimentan con biberones. Y nos asombró contemplar desde pocos metros las dóciles manadas de elefantes conducidas hasta un río para abrevar.

Ya decíamos que Sri Lanka es el país con más elefantes salvajes; cuando hay escasez de agua se llegan hasta las piscinas de los hoteles causando el lógico revuelo. Para que no crucen las carreteras se han instalado vallas electrificadas; de ahí la orfandad de los pequeños paquidermos; algunos de ellos, totalmente desorientados, irrumpen en las viviendas de los campesinos y roban el arroz almacenado. Y toda esa pureza zoológica y los paisajes selváticos han sido escenarios de otras películas: La Senda de los elefantes, El puente sobre el rio Kwai o las 2ª y 3ª partes de El Libro de la selva…

La primera visión de Colombo, tras cruzar el río Kelani –que sirvió para recrear al tailandés Kwai en la célebre película– con un larguísimo estuario, en el que se ubica una gran piscifactoría de langostinos, no dice mucho: no es una ciudad monumental; prácticamente solo quedan del pasado colonial bellísimas mansiones, sobrios cuarteles coloniales y edificios comerciales frutos de la extensa etapa inglesa. Es, por otro lado, un crisol de etnias, culturas y religiones en total armonía. 
En su zona costera se encuentra una gran nave de techos de madera que fue el hospital holandés, hoy reconvertido en un complejo de restaurantes y tiendas, así como los edificios más modernos y sobresalientes. Varios de ellos son lujosos hoteles como el Hilton, cuyo chef pastelero es todo un portento; primero, porque la pastelería, tal como se concibe en Occidente, no es el fuerte del sureste asiático, y segundo porque en un país pobre el tan solicitado profesional gana 10.000 dólares al mes. Nos hospedamos en uno de los mejores: el espléndido The Kingsbury, que acababa de inaugurar el lujoso restorán The Ocean, especializado en productos del mar. Cansados de tanta carne, tanto vegetal y tanto curry nos introdujimos en él como posesos; la cuenta fue tan abultada como la cantidad y variedad de mariscos que engullimos, pero ninguno dio el mínimo sabor. Aguas calientes.

En poco más de una semana quedamos con nuestros lomos tullidos por tantos kilómetros de autobús y apenas si pudimos hacernos una idea de todo lo que de singular este país ofrece a ese viajero inquieto, presto a conocer uno de los antiguos y legendarios del sureste asiático: parques nacionales, playas infinitas, interesantísimos museos, zoológicos, plantaciones de especias, una cocina de rica tradición especiera, artesanía… o la práctica de deportes de mar, caza mayor y menor, golf… Así que nos quedamos con el propósito cierto de volver un día. Como gusta decir a nuestro ilustre colega Javier Reverte, “El mejor de los viajes siempre es el próximo”.




















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